miércoles, 14 de noviembre de 2018

El acuerdo [03/10]

 Recuerdo esa noche como una visión, pero a diferencia de las otras falsas y perfectamente eróticas, esta era real y sumamente horrible. Me explico: No era horrible en el sentido de que me hubiese dado asco hacerlo con Sungmin o que algo en él estuviese mal. Su cuerpo a poca distancia y en distintos ángulos me pareció más hermoso de lo que ya creía. Lo horrible empezaba y terminaba con mi espantosa participación ¿Más claro? No sabía nada de sexo o de romance y, en consecuencia, esa primera vez resultó la más fatal en varios kilómetros a la redonda. 

 Como había mencionado antes, Sungmin y yo teníamos en común el ser peligrosamente ignorantes en la vida. Pobres en inteligencia emocional y sin más conocimientos de lo que nos rodeaba que lo visto en las aulas. Eso éramos, eso era yo. Tenía 17 años cuando lo hicimos y ni siquiera había dado mi primer beso para entonces. Nadie me había gustado antes, y si yo le había gustado a alguien nunca me lo dijo, además, mi interés en esos temas no apareció hasta llegar al internado, demasiado tarde como se puede inferir. No alcancé a experimentar ninguna caricia romántica, ninguna cita, ninguna confesión detrás del colegio, ningún tímido coqueteo. Y eso no era todo. A los 15 años cuando recién entré al internado, por efecto de la vida cómoda entregada por mis padres, no había padecido ninguna clase de carencia o angustia superficial, tampoco había perdido a alguien importante o sufrido una gran decepción. En resumen, era una hoja en blanco, no había vivido ni sentido nada en 15 años, y los 2 restantes habían sido un infierno muy surrealista como para llamarlos “Experiencia de vida”. En cuanto a Sungmin la historia iba más o menos igual. Lo digo vagamente porque lo único concreto que supe de su existencia fuera del internado era que su padre, de imponente personalidad, siempre le decía qué hacer y Sungmin le temía lo suficiente como para nunca contradecirlo. Un conocimiento muy limitado pensando en todo lo que vivimos, pero el tema parecía serio y lo incomodaba mucho, y sabiéndolo, jamás intenté averiguar más de lo que él me contaba voluntariamente. No quería que estuviese triste, como un niño que ama a alguien quería ignorar lo malo y hacerlo feliz por siempre, ya después averiguaría acerca de ese tema y lo solucionaríamos. Por supuesto, nada de eso llegó a suceder.

 Pero me estoy yendo por las ramas, volveré al asunto. 

 Ninguno tenía experiencia sexual, y llegado ese momento, a mí me tocó resentirlo más pues había impuesto mi liderazgo al tomar la iniciativa y, bueno, aunque hubiese tenido la oportunidad de cambiar roles no lo habría aceptado. Ahora sé que es una completa estupidez, pero en ese momento pensaba que si iba a perder la virginidad con un hombre, al menos conservaría algo de mi hombría y sería yo quien la metiera, así que acepté el mando y con Sungmin petrificado en mis brazos, empecé a desvestirlo. Lo toqué y observé bastante, más casi no lo acaricié. Estaba aterrado. El conocimiento teórico sexual que poseía era una vergüenza, conformado puramente de cuchicheos de mis igualmente inexpertos amigos y de mucho porno, y este último al estar estéticamente idealizado había creado muchas ideas erróneas en mi mente de lo que era el acto sexual. 

 Buscar el agujero, entrar, embestir hasta al orgasmo, todo lleno de un placer inimaginable.

 No era tan fácil, ni en esos pasos ni en los que había detrás de ellos.

—¡Aaaaaah!

 Si cierro los ojos y me lo propongo, aún puedo percibir en mis oídos sus desgarradores alaridos. Desde que lo penetré hasta que nos corrimos, Sungmin no dejó de llorar. Las lágrimas empapaban su enrojecido rostro y sus manos se movían desesperadas por mi espalda, enterrando las uñas y dejándome heridas que tardaron semanas en desaparecer. Trataba de resistir cada embestida torpe y temblorosa que yo le daba rasgando dolorosamente su interior. Fui un cretino, sin quererlo o saberlo, pero lo fui. Él habría tenido todo el derecho de decírmelo, y no obstante no lo hizo, tampoco trató de apartarme ni yo lo intenté. Aquello no lo entendí jamás, porque ambos sufríamos. Aparte de las heridas en la espalda, su cuerpo rechazándome lastimaba mi pene, y su angustia y dolor aún mayor me eran trasmitidos de forma muy efectiva, por lo que no pude evitar largarme a llorar desconsoladamente con él. 

—Lo siento, Sungmin…Lo siento mucho… en verdad…— Chillaba mojando más sus mejillas con mis lágrimas.

 Y de todos modos no dejé de embestirlo brutamente hasta que su sangre y la mía se combinaron con mi esencia en su interior. Unos segundos después, Sungmin se desmayó y al salirme con mucho esfuerzo de él, yo también me desvanecí a su lado. 

 Al día siguiente, me desperté sin alarma a las 06:00 AM. No hubo un periodo de acostumbramiento, mis ojos se abrieron súbitamente, como si los hubiera cerrado nada más hace un segundo. La conciencia me abordó un instante después, junto con un gran dolor corporal. Sin prestarle atención a eso miré mi cuerpo. Estaba desnudo, a medio tapar y sudoroso. Mi entrepierna descubierta lucía irritaba y estaba manchada con sangre seca. Sobresaltado con lo visto, me incorporé levemente con los codos y miré hacia mi lado. A lo lejos estaba mi cama desordenada, más cerca el pasillo y junto a mí, Sungmin durmiendo profundamente. Tapándome la boca contuve cualquier alarido que hubiese podido soltar. Cuando el impacto pasó, volví a bajar la mano, respiré y decidido, me salí cuidadosamente de la cama. Una vez fuera tomé mi pijama y mi ropa interior y la escondí bajo mi cama, luego caminé en puntas hacia el closet para sacar mi uniforme, tomé mi mochila y me encerré en el baño. Con movimientos erráticos me vestí en un parpadeo y eché mi peineta, cepillo de dientes, pasta dental y una toalla a mi mochila, para luego salir silenciosamente del baño y finalmente de la habitación. Una vez fuera, empecé a correr tan rápido como pude. El toque de queda ya había acabado, pero sentía que si paraba o bajaba la velocidad enloquecería. A rápidos pasos recorrí el largo pasillo y bajé las escaleras, donde seguí mi camino por las afueras de las distintas canchas y áreas verdes. Había varios empleados y jardineros limpiando dichas zonas, ninguno me notó. Cuando ya casi no me quedaba aliento, divisé los baños del equipo de básquetbol y usé mis últimas energías para entrar ahí.  Tiré sin cuidado mi bolso sobre el banquillo adherido a la pared y me quedé estático un largo rato.

 No, aún no podía pensar.

 Abrí el bolso, saqué el cepillo y la pasta dental. Frente a un lavabo me froté enérgicamente cada diente. Cuando terminé, me quité la ropa y me colé en una de las duchas. Cerré los ojos y dejé al agua caliente recorrer mi cuerpo. Al principio, su roce cálido con mis heridas provocó un agudo ardor, más unos segundos después, el dolor se transformó en un alivio casi total. De repente, me vi invadido por una repentina inquietud y decidí respirar más y más hondo. Mi puño se estrelló ruidosamente contra la pared.

 No había llegado a un orgasmo aquella noche, pero sin duda mi cuerpo y mi mente encontraron alivio. Había vuelto a ser yo tras acostarme con un hombre.

 Me tiré de rodillas al suelo y golpeé varias veces más la pared entre fieros gruñidos cubiertos por el fuerte aguacero que caía sobre mis hombros.

—¡Mierda!

 Ya no tenía caso enojarme o llorar sobre la leche derramada, estaba hecho, era lo que había querido todo ese tiempo y lo hice. Lo que tenía que pensar desde ese momento era qué diablos haría después. Naturalmente, no le diría nada de esto a nadie, tanto por miedo a que el rumor llegara a una autoridad como para no sentir el acoso o desprecio de mis amigos y los demás alumnos. Necesitaba protegerme, y sobre todo, necesitaba proteger a Sungmin. 

 Sungmin.

 Si algo bueno había ocurrido esa noche era saber que nada de lo dicho sobre él era verdad. Para que cualquiera de los rumores mencionados tuviera validez, Sungmin necesitaba tener experiencia sexual y yo había corroborado que era virgen de pies a cabeza. Además, estaba el acuerdo. Implícitamente, Sungmin había aceptado tener sexo conmigo, confió en mí, y yo tenía que retribuir esa confianza, mucho más ahora después de esa pésima primera vez.

Minutos después terminé de bañarme, salí de la ducha y me sequé con cuidado. Los roces de la toalla con las partes heridas trajeron de vuelta el ardor. Apreté los dientes.

 Si yo estaba así, ¿Cómo estaría Sungmin?

 Imaginarme su dolor me hizo tensar aún más la mandíbula. Sungmin no podría ir a clases, eso era casi un hecho, ¿Cómo lo explicaría al doctor que lo fuera a revisar? Seguro tendría que sobornarle, aunque nada aseguraba que aceptaría, no muchos empleados ahí eran corruptos ¿Quizás yo debería haberme quedado en la habitación? No, si estuviese ahí al momento de tener que comprar el silencio del doctor, las explicaciones se harían más complicadas y la suma de dinero mucho más grande. 

 Pensé en todo eso mientras me vestía. Una vez listo me miré en el espejo del lavabo. Definitivamente era yo otra vez y me sentí fatal, incluso asqueroso, por haber vuelto en mí de esa manera mientras Sungmin seguramente estaba sintiendo más dolor y angustia que ayer. Tenía que compensárselo fuera como fuera, o al menos equilibrarlo. Sungmin también había estado ojeroso y desanimado, debía conseguir que él también volviera a ser el Sungmin de siempre. 

 Durante esa contemplación de mí mismo, también intenté hacerme creer que me sentía mal por haberme acostado con él, un hombre, pero rápidamente esa idea no proliferó y se desvaneció. No era cierto. 

 Tal y como lo pensé, Sungmin no fue a clases ese día. Él asistía en un edificio distinto al mío, pero valiéndome de lo que él me había contado antes, durante los recesos fui a buscar su aula y me aseguré. No había señales de él en las salas o los pasillos. Antes de resignarme, decidí que sería bueno conseguirle los apuntes de sus clases. Cuando alguien se ausentaba, las enfermeras aparte de cuidar su estado de salud, le proporcionaban el contenido entregado por los profesores ese día, sin embargo, este era abarcado de forma muy amplia y no era de gran ayuda para los exámenes. Por lo tanto, busqué a un chico que iba en la misma clase de Sungmin y también era miembro de mi club de atletismo. En medio de los circuitos y durante el descanso, aquel sujeto siempre me dedicaba indirectas mientras me fulminaba con sus deseosos ojos, insinuaciones a las cuales yo respondía con monosílabos y fingiendo que no me daba cuenta de nada, primero para no tentarme, segundo porque lo aborrecía como a todos los que habían intentado coquetearme. No obstante, esa vez tuve que tragarme mi desprecio y con toda la amabilidad que me fue posible fingir, me acerqué a él y le pedí sus cuadernos. Por supuesto, aprovechó plenamente la oportunidad para hablarme con tono lascivo y tocarme las manos, las que yo contenía para no estamparlas en su rostro, pero finalmente y para su conveniencia, me prestó durante el almuerzo la materia de la primera parte del día y cuando nos volvimos a encontrar en el club me entregó la otra parte. Con apremio, aquella tarde en plena mesa de la cafetería me dediqué a copiar todos los apuntes en las hojas traseras de mis cuadernos con una mano y con la otra me atiborraba la boca de comida. Los chicos me observaron extrañados desde el primer minuto. 

—¿Se puede saber que escribes? —Curioseó Changmin sin disimular su asombro. 
—Sungmin ha enfermado y me pidió que le consiguiera los apuntes de sus clases— Respondí escuetamente, sin mirarles. No quería que vieran nada en mi rostro que delatara mi mentira, y funcionó, me creyeron, aunque de todos modos lo dicho les impresionó aún más y no dudaron en expresarlo. 
—¿Sungmin? ¿No que ya no se hablaban desde lo que ocurrió? —Se aventuró Minho. Por el tono de sus palabras podía adivinar que tenía su clásico rostro de duda, con ceja arqueada incluida. 
—Pues sí, pero estos últimos días hemos conversado y las cosas se han ido arreglando entre nosotros— Respondí carraspeando entre medio. No sabía en ese entonces si eso llegaría a pasar, esperaba de todo corazón que así fuera. 
—Ahora que lo dices, si se nota— Comentó Jonghyun con tono neutral— Últimamente traías un aspecto fatal, además de que has estado muy neurótico e irritable. En cambio, ahora luces tan calmado como antes, incluso más. Te ves tan tú que lo asumí naturalmente y no me di cuenta hasta ahora.
—Yo tampoco lo noté antes—Secundó Changmin soltando una corta risa.
—Ah, sí. Es un alivio— Finalicé yo tratando de sonar poco interesado y no parando de escribir. Si perdía la concentración, seguro me sonrojaría de pies a cabeza, así que traté de pensar en otra cosa. 

 Hasta ellos se habían dado cuenta de mi repentino bienestar, y entonces caí en que yo tampoco sabía que tan bien me encontraba. Cuando ese sujeto horrible me tocaba y hablaba, si lo desprecié por la aversión que le tengo, pero nada en él me hizo sentir extraño o incómodo de otra forma. No había deseo sexual o frustración.  De hecho, había mirado todas las caras de los alumnos que pasaron por mi rango de vista cuando fui al edificio de Sungmin. Claro, tenía que verlas si lo buscaba a él y a ese sujeto, pero el asunto era que no me provocó ninguno de los efectos que evité tan aguerridamente durante 2 años. Por un segundo creí que eso era genial, al siguiente, me arrepentí. No podía alegrarme, no por ahora, tenía que pensar en Sungmin. 

 Después del almuerzo y las últimas clases, fui directo al club de atletismo. Me perdí la mitad de la práctica para poder copiar el resto de la materia. Los clubes eran lo único que te podías saltar cuando quisieras, dado que existían principalmente para desestresar a los alumnos y en la visión de Kim el deporte no salía muy destacado como un factor de proliferación, claro que si te saltabas muchas prácticas te expulsaban y te marcaban una falta por irresponsabilidad. Mientras me dedicaba a traspasar la información en las butacas, el chico fue a molestarme varias veces, por lo que apuré mi trabajo y al terminar escapé rápidamente diciendo que tenía algo urgente por hacer. Y lo tenía. Lo ideal era llegar en cuanto antes al dormitorio, aceptar la responsabilidad de lo ocurrido y remendar lo que había hecho de la mejor forma posible, pero mientras más cerca me encontraba de la habitación, más lento caminaba, hasta detenerme en seco por varios segundos, luego caminé en reversa y finalmente volteé para alejarme con el mismo brío que usé para huir del sujeto.

 ¿Qué me esperaba ahí? 

 Estaba aterrado con las posibilidades, todas nefastas a mi parecer. Para empezar, podría ser que quien haya ido a ver a Sungmin no hubiese aceptado el soborno y nos hubiese delatado. Descarté rápidamente esa posibilidad, seguro me habrían llamado en alguna parte del día por los altavoces y eso nunca ocurrió. También podía ser que sólo Sungmin fue culpado y él no me delató. Siendo así, de todas formas estaría acabado, la culpa no me permitiría quedarme de brazos cruzados e iría a entregarme. Por otro lado, podía ser que el soborno sí había sido aceptado, pero el dolor y la humillación sacarían por primera vez en Sungmin ese lado que todos juraban que él tenía, o bien, no se volvería malvado, no obstante, guardaría un profundo resentimiento hacia mí y eso empeoraría las cosas entre nosotros a un nivel ni siquiera parecido a lo que ya habíamos vivido. 

 Sorprendentemente, las dos últimas opciones me asustaban más que la idea de ser expulsado del internado, y echado en una de las mesas de la biblioteca, me atormenté con ello hasta media hora antes del toque de queda. Tembloroso me puse de pie, tratando de ser optimista a pesar de que había auto-saboteado todos mis ánimos, y me dije que fuese lo que fuese a suceder, cualquier cosa que me esperara se podía arreglar.

 “A no ser que le haya desgarrado tanto que murió desangrado” Pensó mi parte histérica, y por el bien de mi cordura recién recuperada, decidí ignorar su molesta vocecilla.

 Como un robot, me puse de nuevo en marcha hacia la habitación. Esta vez logré colocarme delante de la puerta. Pasé la tarjeta, tomé el pomo y di un gran suspiro. Me pregunté cuántas veces más en lo que me quedaba de estudios suspiraría muerto de nervios delante de esa puerta. Buscando un momento arbitrario, me armé de valor y cerrando fuerte los ojos, abrí de un movimiento. Cuando volví a mirar, mis ojos enfocaron directamente a Sungmin, quien a primera vista parecía estar en un idéntico estado al que se encontraba cuando lo dejé ahí en la madrugada. Las sabanas cubrían solo una parte de su cuerpo, seguía desnudo y sudado, únicamente cambiaba que estaba despierto, estómago abajo y apoyado en una almohada leía un libro. Lo último terminó cuando me vio. Sus ojos se abrieron como platos, su rostro enrojeció y tanto su ceño como su boca se vieron alterados por una mezcla de infinita vergüenza e ira. Al mismo tiempo que él se escondió de cuerpo entero bajo las sábanas, yo volví a cerrar la puerta. Apoyado en ella, me fui cayendo al suelo con el rostro en las manos. 

—¡Diablos! ¡Diablos! ¡Diablos! —Gruñí.

 Bien, mi mayor temor era obvio: Estaba muy enfadado. Y no podía quedarme ahí lamentándome cuando el toque de queda estaba tan cerca, debía encontrar la forma de al menos aplacar un poco su enojo, de lo contrario, no podría entrar y tendría que convencer a uno de mis amigos para que me dieran hospedaje, y no me imaginaba la excusa que tendría que inventar si quería que accedieran. Pensé largos segundos y tomé la primera idea que vino a mi mente. Corrí a la cafetería. Ni en el mundo de los ricos faltaban aquellos que siempre llegaban a última hora, por lo que debí aguantar una larga fila. Con sólo un minuto para que empezara el toque de queda estuve de vuelta frente a la puerta de mi dormitorio. Con las compras en mano, me costó un poco más abrir y cuando logré entrar, él ya estaba de nuevo tapado de arriba a abajo. Solté un pesado suspiro, luego miré lo que tenía en la mano. Ya no podía idear nada más, tenía que apostarlo todo a eso. Dejé mi mochila sobre mi cama y a paso lento avancé hacia la suya.

—S-Sungmin…Yo…—Balbuceé sintiendo como la saliva se me volvía espesa en la garganta y los nervios me traicionaban— Lo…siento…Yo nunca había…había…Perdóname…te lo suplico…

 No se movió incluso cuando mis palabras demostraban todo lo abatido que estaba. Apreté la bolsa en mis manos y seguí hablando. 

—¿Sabes? Es-Estuve tan afligido hoy que casi no comí, tampoco pude comer mi cena así que me la traje— Conté tratando de sonar amigable mientras sacaba el contenido de la bolsa— Y-Y pensé… que quizás tu tampoco has comido mucho hoy… así que también traje 2 cenas envasadas para ti… aunque quizás las enfermeras…

 Pero antes de que pudiera terminar de hablar, el salió de su escondite y a pesar de todo el dolor que pudiera sentir con un movimiento tan brusco, tiró su brazo y me arrebató de las manos los pocillos de aluminio. Con rapidez desembolsó los palillos, quitó la cubierta de cartón, descubrió el humeante contenido y sin previa cortesía, empezó a comer como un león hambriento, sin soltar el otro pocillo, dejando claro que tampoco lo rechazaría. 

 Observé cada acción con el rostro lleno de asombro, aunque realmente por dentro no me sorprendía. Era tal como lo había esperado, no había comido nada en todo el día. 

 Después de satisfacer con los primeros bocados su deseo voraz por comida, me miró fijamente mientras masticaba con mejillas llenas y rosadas. No parecía que me hubiese perdonado, sin embargo, su mal ceño había desaparecido. Desde ese punto, no volvió a mirarme hasta que se tragó ambos platillos.  Apenas terminó, le ofrecí un jugo en caja, el cual recibió y se tomó mientras yo retiraba los desperdicios y los iba a tirar al basurero del baño. Cuando regresé, él había terminado de beber y apoyado sobre sus codos, mirando la pared frente a él, parecía esperarme. Me acerqué lentamente y me senté en el suelo al lado de su cama. No me pareció que fuera el mejor momento para intentar nuevamente conseguir su perdón, así que decidí improvisar. Intenté empezar aclarando mi mayor duda.

—¿C-Cómo conseguiste no ir a clases? —Pregunté tímidamente. 
—Soborné con 3,000,000 KRW al doctor que vino— Respondió volteando la cabeza hacia mí, evitando mirarme más arriba de la barbilla. No parecía sentirse muy orgulloso de eso. Yo asentí haciéndole ver que lo entendía y no le juzgaba—Pero me dijo que para evitar sospechas, no podía hacerme más que curaciones, entregarme medicamentos y rellenar el papeleo. No vendrán enfermeras a cuidarme, tendré que encontrar la forma de arreglármelas por mi cuenta. 
—¡Oh, no te preocupes! —Exclamé ansioso— Y-Yo voy a ayudarte, lo que necesites, lo haré. De hecho…—Tomé mi mochila, saqué el cuaderno donde había hecho los apuntes y se lo tendí— Pedí a uno de tus compañeros la materia de hoy y te la he traído. 

 Impresionado, tomó el objeto y me miró fijamente, no pude evitar sonrojarme, sin embargo, me mantuve firme con la mirada para mostrar mi seriedad. 

—Así que si deseas algo, incluso ahora, déjame ayudarte o hacerlo por ti— Insistí.

 El sostuvo su mirada por un rato más. Finalmente, bajó la cabeza.

—Qui-Quiero…ir al baño. El médico me ayudó a ir en la mañana, y no he podido ir desde entonces— Susurró enrojeciendo de vergüenza, bajando más la cabeza— También, necesito bañarme.
—De acuerdo— Acepté.

 Volví a incorporarme, me quité la chaqueta del uniforme, la corbata y me arremangué la camisa. Más cómodo, fui al baño, puse un tapón en la tina y dejé que se llenara de agua. Por mientras, fui a buscar a Sungmin. No sin antes pasar algo de saliva, lo destapé y tratando de mirarlo lo menos posible, lo tomé en brazos y lo cargué hasta el cuarto de baño. Entre pequeños gemidos y algunos temblores por parte de ambos, lo puse de pie frente al retrete para que pudiese orinar. Una vez terminó parecía mucho menos tenso. Luego, lo hice caminar hacia la ducha y mientras se apoyaba en la pared, busqué una toalla y hundiéndola bajo el agua improvisé un asiento. Poco a poco, hice que Sungmin entrara en la bañera. Pensé que gimotearía adolorido por el roce tanto o más que yo, no obstante, no soltó más que un pequeño gruñido. Al parecer los analgésicos habían hecho su trabajo. Mi mente se distrajo rápidamente de ello cuando noté una deforme mancha escarlata difuminándose por el agua. Era la sangre seca que aún quedaba en su cuerpo, la había visto entre sus piernas, él me lo confirmó, y aún así, no pude evitar que mi corazón se comprimiera y mis ojos empezaran a escocer. Una y otra vez miré la sangre desaparecer y lo vi a él, tan maltratado y débil, yo lo había dejado así, y sin poder controlarlo, copiosas lágrimas empezaron a caer de mis ojos y ahogados gemidos salieron de mi boca. Por instinto, bajé mi cabeza para ocultarme, aunque nuestros rostros estaban a 10 centímetros, era imposible que no lo notara. 

—No es tu culpa— Dijo poniendo tímidamente su mano en mi mejilla. Su mirada angustiada se posó en las lágrimas que limpiaba—Bueno, no del todo— Se corrigió casi al instante, alejando la mirada— Es tanto culpa tuya como mía, y no estoy enojado contigo, sólo con la situación… Como sea, n-no llores, por favor…

 Asentí, me limpié las lágrimas y seguí asistiéndolo.

 No volvimos a hablar hasta que ya de vuelta en su cama le pregunté si quería ayuda para hacerse curaciones, me dijo que podía por sí solo, y yo me sentí aliviado, no quería enfrentar tan directamente lo que había hecho. Leyendo mis pensamientos, él dijo que el sangrado se había detenido en la misma noche y que quedaba únicamente la hinchazón. Quise creer que así fue.

 Sungmin permaneció en cama 3 días más, en los cuales usé mis recesos para devolverme al dormitorio a entregarle sus comidas y ayudarlo en lo que necesitara. También tuve que recurrir nuevamente al odioso sujeto para pedirle sus apuntes, del cual incluso rechacé con encantadora timidez - y al borde de mi paciencia- una indirectamente directa propuesta para hacer el acuerdo. Ni Sungmin fue más feliz de lo que yo fui por su retorno a clases y el no tener que toparme más con aquel tipo. Sobre mi compañero, su larga ausencia y su retorno con una ligera cojera no estuvieron exentos de polémica. Veloces como el rayo, empezaron a correr rumores de que un grupo de chicos encapuchados lo habían golpeado en venganza por la expulsión de sus amigos y, en consecuencia, lo habían dejado hospitalizado. También corrió el rumor de que alguien lo había violado, pero dado que el “patrón” de Sungmin era manipular a sus compañeros de cuarto y yo no seguiría ahí de haberlo violado, dicho chisme no proliferó mucho. De todos modos, esos y los demás rumores me llenaron de una ira que me costaba entender, y sobre todo contener. Mis nudillos apretados blanqueaban cuando en los pasillos oía el nombre de Sungmin en boca de esos cretinos y peor pensando que él no podía defenderse como correspondía. Mi enojo llegó a tal que al llegar esos rumores a la mesa que compartía con mis amigos, no pude evitar estallar.

—¡¿Qué parte no entienden!? ¡¿Eh?! ¡Yo vivo con él! ¡Sé lo que hace! ¡Y sé que estuvo toda la semana en cama, con cada músculo del cuerpo totalmente deshecho! ¡Incluso me han visto llevándole los apuntes y yendo a ver si necesitaba algo, y así escuchan esos estúpidos rumores! ¡Él no estuvo en una pelea, en una violación o en el centro médico internado! ¡Él estaba…con gripe! ¡Y ya! ¡¿Les quedó claro?! — Grité totalmente rojo, color que me había provocado la vergüenza en cuanto empecé a gritar, pero por suerte la ocasión lo hacía pasar idóneamente como ira. 

Ellos me miraron con los ojos redondos y totalmente mudos, así como algunos de los tipos que comían cerca de nosotros. Miré a mi alrededor, y sin saber como volver a sentarme tranquilamente a comer, tomé mis cosas y me largué corriendo. Posteriormente me disculpé, total, no era culpa de ellos que esos rumores aparecieran. 

 Por otro lado, mi relación con Sungmin se volvió igual de confusa que los rumores que giraban en torno a él. Después de que se curó totalmente y ya el asunto estaba saldado, volvimos a la rutina de no hablarnos, con la diferencia que ya no nos alejábamos del otro. Cuando pasaba por su lado, no me apartaba, incluso me acercaba más tratando de establecer un mínimo contacto. No era algo que planeaba de antemano, aparecía en mi pensamiento y ocurría al mismo tiempo, así como cuando de repente me quedaba mirándole, y cuando la razón volvía a mi mente, apartaba la vista. Y yo sabía que a él también le ocurrían ambas cosas. A veces desde distintos puntos de la habitación nos mirábamos estáticos, y si yo no quitaba los ojos, él lo hacía, y por los movimientos inquietos de su cuerpo estoy seguro de que se reprochaba a sí mismo de la misma forma que yo ¿Y por qué no hacerlo?

Es que Dios, ¿Qué mierda estaba pasando? ¿No habíamos tenido suficiente con aquella desastrosa velada? ¿Éramos acaso masoquistas?

 Como fuese, no era algo que se pudiese evitar. Unas semanas después yo estaba poniéndome duro de nuevo pensando en el cuerpo de Sungmin y el nuevo añadido: Sus intensas miradas y estremecedores roces. Necesitaba una nueva oportunidad, en mi interior algo decía que podíamos hacerlo bien, estupendamente, si lo intentábamos de nuevo. Entonces aquel pensamiento vino a mi mente. 

 Nosotros no habíamos roto nunca el acuerdo.

 Había salido todo muy mal, pero en ningún momento habíamos dicho o insinuado que no volveríamos a hacerlo otra vez. Además era claro que, con una flagrante torpeza, nos estábamos cortejando, incluso un tarado como yo lo sabía. Sí, podíamos tener sexo otra vez, no obstante, bajo ninguna circunstancia podía volver a lastimarlo.

 Decidido, los días siguientes, o más bien en las madrugadas mientras él dormía, empecé a asesorarme en internet. Ya no podía fiarme del porno, así que visité foro tras foro día tras día, haciendo notas y practicando con mis almohadas bajo el alero de la noche. 

 Cuando creí estar preparado, empecé a asechar a Él. 

 Si deseabas incursionar en el tormentoso mundo del sexo gay escolar y necesitabas material para hacerlo, cualquiera al que consultaras te diría: “Fácil, ve con Él”, porque ese era el apodo con el cual Jo Kwon se manejaba en público. En privado, todos sabían que los padres de Jo, bajo los cimientos de su prestigiosa compañía de seguros, tenían una escandalosa productora de cine pornográfico y un negocio de artículos para adultos, a cuyo inventario Jo Kwon tenía acceso y vendía a precios inflados a los alumnos del internado con la suficiente discreción para que ningún profesor o monitor supiera. El problema es que yo no quería que ni Jo Kwon ni nadie se enterase, por lo tanto, lo seguí discretamente varios días, vigilando sus horarios y viendo en que momentos y lugares concretaba sus “encuentros amistosos”. Al final de una de sus ventas, logré conseguir un papelito del suelo donde detallaba el precio de varios de sus productos, cuyo conocimiento junto a lo que ya había averiguado me sirvió para actuar. 

 Apenas terminó el toque de queda, una mañana me dirigí a los cajeros automáticos y saqué una gran cantidad de dinero de mi cuenta personal, regalo de mi padre cuando cumplí 15 años y que no había utilizado. Luego, esperé hasta el inicio de clases y en la tercera hora, pedí ir al baño. Corrí por los desiertos pasillos e ingresé al gran cuarto donde el personal de limpieza dejaba muebles, materiales y objetos defectuosos y en mal estado. Forcé la gaveta coja donde sabía que escondía sus productos y saqué tantos condones y lubricante como podía esconder en mis bolsillos sin que destacasen.  Finalmente, tiré dentro el dinero y me fui de vuelta a clases. Con tal de que él dinero estuviese ahí, estaba seguro de que Jo Kwon no emitiría queja alguna, además, no es como si pudiese pedir ayuda al director para encontrar su mercancía desaparecida. 

 Y entonces, unos días después con todo listo, me acerqué a Sungmin para pedirle hacerlo… de alguna forma.

 Era una noche en medio de la semana y pensando en lo que quería hacer, estuve totalmente rojo desde que lo vi llegar y evité cruzar la mirada con él. Sungmin pareció confundido ante esto, sin embargo, no hizo nada al respecto y mantuvo su comportamiento habitual. Traté de hablarle incontables veces, y cuando creía encontrar las palabras correctas y el valor para decirlas, me quedaba estático detrás de él, y si parecía que se voltearía, arrancaba rápidamente fingiendo que buscaba algo.  Pronto el tiempo del que disponía comenzó a agotarse y Sungmin se preparaba para dormir. La desesperación me invadió, sentía tal emoción y compromiso por todo el trabajo que había hecho para llegar a ese momento, que no deseaba prolongarlo un día más. Observando su espalda, lo vi terminar de ponerse la parte de arriba del pijama e intentar meterse a la cama. Fue cuando llegó el valor suficiente, aunque no las palabras. Como un rayo, me abalancé sobre él y lo abracé por la espalda, siendo lo único que ocurrió por aproximadamente 1 minuto. Sungmin no reaccionó de ninguna manera, se quedó estático, y podría decir que yo igual si no fuera porque en mi cabeza las neuronas nadaban despavoridas tratando de conectarse entre sí y dar con las palabras que había estado repitiendo en mi mente todo el día. Mientras buscaba, traté lentamente de reaccionar. Moví los dedos sobre su estómago, hice muecas con la boca, parpadeé, ladeé la cabeza. Aquello último me permitió verlo. El rostro de Sungmin estaba absolutamente rojo y sus ojos fuertemente cerrados. La sorpresa me hizo espabilar y notar un movimiento desde abajo. Agaché la cabeza, notando que sus manos tiritaban. Volví a levantar la mirada. 

 Al parecer, de entre los dos, Sungmin era el más sensato, o como se le viera, el menos demente y estúpido. Como yo, deseaba intentarlo otra vez a pesar de todo, pero incluso así le quedaba razón para acordarse de las posibles consecuencias, y era obvio que lo hiciera, había sufrido mucho más que yo.

 Miré su nuca fijamente por un momento, sintiéndome más decidido de lo que había estado antes. Tenía que sí o sí demostrarle que era consciente de sus deseos y también de lo que había pasado. Que lo respetaba, que deseaba remediar lo sucedido y quería que ambos sintiéramos placer y escapásemos juntos de ese sitio infernal al menos por unos minutos. 

 Respiré, y tratando de no temblar, coloqué mi mentón sobre su hombro y me acerqué a su oído.

—Esta vez…lo haré bien…— Susurré bajo. 

 Unos segundos después el asintió y puso sus manos sobre las mías. Viendo la luz verde, yo enterré mi nariz en su cuello para aspirar su aroma. 



 Esa segunda vez en que nuestros cuerpos se encontraron, lo hice bastante bien… al menos los primeros 5 minutos. 

Continuará…



El acuerdo [02/10]




Todavía ahora que ya he crecido y repasado 1000 veces esos momentos en mi cabeza, no puedo saber con seguridad si me enamoré a primera vista de él. Conocer su rostro detonó en mí una confrontación entre 2 emociones demasiado distintas y poderosas: Mi profunda aversión hacia ese lugar y lo que había oído de él vs. La adoración instantánea que experimenté por la inmaculada y casi irreal belleza que desprendía toda su figura. Mi cabeza estaba tan superada por ese intenso debate mental que mi cuerpo no respondió al menos un buen rato. No había una explosión de rabia en mi rostro, no había amenazas, tampoco ganas de golpear a algún malnacido o un rastro pequeño de cualquier emoción, sólo quedaba un cuerpo esperando las palabras mágicas para que su espíritu le fuera regresado.


—¿E-Eres Cho Kyuhyun?

 Finalmente, él las pronunció con timidez. El asombro por mi entrada también le había dejado inmóvil un momento, la vergüenza que sentí al notarlo me ayudó a espabilar y asentir levemente. Soltando un suspiro aliviado, soltó la prenda en sus manos y volteó de cuerpo entero.

—Soy Lee Sungmin, tu nuevo compañero— Se introdujo inclinando la cabeza. Bueno, ya estaba 100% seguro de que era él, sin embargo, seguía sin poder recuperar algo del enfado de hace un minuto— Como verás, ya todas mis cosas están aquí y hay un poco de desorden, pero no te preocupes, me falta solo un poco de ropa y habré terminado. E-Espero que nos llevemos bien.
—Claro—Respondí por inercia.

 Y ahí acabó la conversación junto con mi ferviente deseo de guerra. El valor burbujeante en mi interior se esfumó, y cada día que dejaba pasar tenía menos sentido abordar el tema porque, si lo pensaba, nada de lo mencionado por mis amigos había ocurrido. Sungmin se mostraba como un chico limpio, tranquilo y educado. Las pocas veces que me hablaba era para saludarme o por temas triviales relacionados al dormitorio, y a pesar de llegar cerca del toque de queda casi a diario, denotaba que era por actividades en su club o estudiar en la biblioteca, no por estar tonteando con alguien. Respetaba todas las reglas, de hecho, me parecía bastante cuadrado en ese aspecto. Eso me desconcertó, no era para nada lo que esperaba, y tanto por curiosidad como por querer ver en sus palabras indicios de que tramaba algo, decidí hablarle más. Primero le hice comentarios totalmente vulgares, sobre el clima, el internado, los profesores, esas cosas. Cuando vi que respondía bien, traté de conocerlo más con preguntas sutiles y no muy invasivas. Supe entre otras cosas que era un mes mayor que yo, estaba en el internado desde primero de secundaria y su boleto de entrada había sido efectivamente su padre, quien tenía por toda Asia y Europa una cadena de tiendas dedicadas al equipamiento de cocinas, además de poseer una marca de vajilla y cubiertos de lujo que suministraba principalmente a hoteles y restaurantes de 4 y 5 estrellas alrededor del mundo. Por su lado, también pareció interesado en mí. Me devolvió cada pregunta y se impresionó mucho al saber que había entrado al internado en preparatoria -mucho más difícil- y que mi hermana tomaría el lugar de mi padre porque yo planeaba crear una compañía relacionada con videojuegos. Supuse que ni él ni muchos de los chicos de allí habían oído jamás de segundas opciones.

 No había nada de sospechoso en él.

 Yo conocía la manipulación, la vi personificada durante largo tiempo, y Sungmin era la clase de persona que si intentara usarla se delataría con la primera palabra. Era tímido, torpe y lo único que conocía de la vida eran las aulas escolares. Era… igual que yo en ese tiempo. No existía maldad en su interior así como realidad en que todos esos rumores fueran ciertos. Me rendí en mi búsqueda e intrigado por su pura aura, inicié una cautelosa amistad con él. Descubrí en el odiado Lee Sungmin a un chico inteligente y gentil, cualidades que mezcladas con su profunda inocencia lo volvieron absolutamente adorable ante mis ojos. Pronto sus sonrisas, nuestras conversaciones en la noche y toda su presencia se volvieron un efecto aliviador en mi vida, y quise compensárselo de alguna manera desmintiendo todo lo que se decía de él con mis amigos.


—¿En serio nada de nada ha ocurrido? —Se impresionó Jonghyun. Ya llevaban buen tiempo queriendo saber sobre mi experiencia viviendo con él y seguro eso era lo último que esperaban oír.
—Nada de nada— Repetí sonriente— Saben que no necesité hacerle la advertencia, y aun así él ha sido absolutamente agradable.
—Waaah, no me lo creo— Suspiró Changmin mirando a los demás—¿Entonces cómo es que nacieron todos esos rumores?
—Ni idea, quizás algún idiota con el que compartió dormitorio la tomó contra él, inventó los rumores y los difundió—Sugerí encogiéndome de hombros.
—No obstante, si fuera sólo eso, no habrían expulsado a todos esos sujetos ¿No crees? — Propuso Minho con aire intrigado.
—Pues eso sí es muy extraño— Reconocí— Se lo preguntaré cuando entremos más en confianza, pero se los aseguro, sea lo que sea que haya ocurrido, no fue provocado por él. Sungmin no dañaría ni a una mosca.
—Ehh, mírenlo al protector de Lee Sungmin— Picó Changmin con tono bromista— ¿No será que en realidad caíste en sus encantos y te mandó a limpiar su nombre?
—No seas idiota— Reí tomándolo del cuello para hacerle una llave— Sabes que odio a los abusivos.
—Sí, claro— Terció Jonghyun—Ese loco te ha engatusado. Avísanos cuando empiecen a tener sexo, te conseguiremos condones y lubricante para tu trasero.
—O mejor un cupo en una escuela pública para que puedas recursar el tercer año— Remató Minho.
—¡Cierren la boca, cretinos!

 Todos reímos esa tarde, sin saber que esas dudas que aún persistían en ellos, volverían a mí para intentar derribar esa creencia de la que yo estaba tan seguro. 

 Sucedió un par de días después. Mi última clase había terminado y ese día no tenía atletismo ya que la pista estaba siendo mejorada para evitar la formación de pozas con las venideras lluvias de primavera. Paralelamente, Sungmin solía llegar temprano ese día de la semana pues no tenía actividades en su club. Era sin duda una buena ocasión para seguir conociéndolo y eso me ponía de buen ánimo. El único problema fue que al pasar mi identificación por la puerta y abrirla, no esperaba conocerlo tanto. Medio ladeado, medio de espaldas, en el mismo sitio donde lo encontré la primera vez, también con una prenda en sus manos, o más bien una toalla, él secaba su cabello, totalmente desnudo. Su piel rosada sin impurezas, las gotas de agua deslizándose suicidas por sus amplias curvas, el diseño tan perfecto de sus extremidades y su firme trasero, el pene lánguido cubierto por húmedos rizos, sus pequeñas orejas, la comisura de sus exquisitos labios y, por último, el sol colándose por la ventana dándole la luminosidad perfecta para ser retratado con la misma magia usada en Dorian Gray. Todo eso lo vi como una grabación en cámara lenta y dejó una marca en mi interior que nada ha podido igualar, ni siquiera el cuerpo de mi ex compañero, el cual también era hermoso a pesar de todo ¿Por qué no compitió entonces?



—¡Ah…!

 Ese grito ahogado de espanto que él emitió al notarme no fue suficiente esta vez para despertarme. Fue totalmente instinto de mi cuerpo, que mi rostro haya imitado su expresión, mis piernas salieran corriendo hacia afuera y mis manos cerraran la puerta. En mi cabeza no había ni hubo nada las 2 horas que estuve en el pasillo hasta que el sol se escondió y la puerta se abrió, tampoco cuando mis piernas entraron al dormitorio y mis ojos vieron como Sungmin se escondía en su cama, y mucho menos cuando yo también me preparé para acostarme y estuve 2 horas mirando el techo porque mi cuerpo estaba hambriento y no tenía costumbre de dormirse si no estaba al borde de la inconsciencia por el exceso de estudio.  Fue sólo cuando me levanté, me encerré en el bañó, me miré al espejo y luego miré la rabiosa erección bajo mi pijama que, finalmente, volví en mí. Un segundo después, ahogué un grito mordiéndome el brazo y agité todo el cuerpo para evitar estrellar mi cabeza una y otra vez contra el muro.

 Al día siguiente, el aseo matutino fue el momento más incómodamente silencioso que haya experimentado, y cuando estuve listo y a punto de librarme de ese martirio, él me detuvo poniendo su mano en mi hombro con suavidad.

—Pe-Perdón…por lo de ayer…—Pronunció apenas, sin mirarme a los ojos— Me confié de que no llegarías a esa hora y…yo… seré más cuidadoso en el futuro.

 Lentamente, volteé todo mi cuerpo hacia él. Noté sus ojeras, evidencia de que apenas había dormido. También su cara estaba muy sonrojada, y por el calor de mi rostro intuí que la mía igual.

 “¡Somos hombres! ¡Tenemos lo mismo! ¡¿Qué carajo nos avergüenza tanto?!” Me grité internamente.



—N-No te preocupes— Atiné a decir y rápidamente me alejé, cerré la puerta y salí corriendo.

 Llegué a la cafetería, pedí mi desayuno y me acomodé en una mesa del fondo, histérico. Fueron 5 minutos de un martirio interno que se exteriorizó con golpes a la mesa, jalones de cabello e inútiles movimientos tomando y dejando alimentos que nunca llevaba a mi boca.

—¡Kyuhyun! — Un grito me devolvió a la realidad. Al frente Changmin me miraba con su bandeja en mano y mis otros 2 amigos atrás. Por las expresiones en sus caras se notaba que no era el primer intento de llamar mi atención.
—¿Eh? —Balbuceé. Ellos aligeraron el ceño y se sentaron en la mesa.
—¿Qué diablos te ocurre? Te estabas moviendo de forma muy rara y tienes una cara terrible, pareces un adicto en abstinencia ¿Acaso te estás metiendo drogas? —Inquirió Jonghyun con tono de reproche.
—N-No—Respondí tratando de calmarme— Es que… a-algo me ha pasado.
—Pues desembucha— Exclamó Minho, mirándome tan curioso como los demás.

 Les conté lo sucedido el día anterior y lo que sentí a grandes rasgos. Al finalizar, no me juzgaron. La clave para apoyarnos y sobrevivir ahí sin dejarnos llevar era aceptar que sentíamos tentación por las mismas cosas retorcidas que los demás y conversarlo, aunque yo seguía sin pensar que esa intensa atracción por Sungmin era igual a un guiño coqueto o a mi excompañero ofreciéndose desnudo después de ducharse. Claro que aquello no lo dije.

—¡Carajo! Algo así a plena luz del día y con una belleza como Lee Sungmin. No quisiera estar en tus zapatos, honestamente— Acotó Jonghyun totalmente impresionado con lo que acaba de contar.
—Ahora no sé si podré mirarlo como antes… o siquiera si podré mirarlo otra vez— Chillé consternado, tapándome el rostro con las manos— ¡Y lo peor es que nos estábamos llevando tan bien! Y ahora todo eso se fue a la mierda. Es como si alguien allá arriba me odiara y me hubiese dado ilusiones para que el golpe que quería darme fuera más doloroso.
—¿Y en vez de alguien allá arriba no será alguien aquí? —Dudó Minho, con expresión seria— ¿Y si Sungmin lo planeó así?
—¿Eh? —Dirigí inmediatamente la vista hacia él, extrañado, y él me la devolvió. Antes de que dijera nada me dispuse a responder— No, no, ya les dije que él no es como todos creen. Es buen chico, sólo es algo distraído.
—Pero…¿Y si planeó mostrarse de esa manera ante ti para que cayeras? —La pregunta retórica de Changmin atrajo todas las miradas de la mesa hacia él— Tiene sentido. Su reputación está en el suelo, supuso que, como todos, tú también sabrías de los rumores que giran alrededor de él y estarías prevenido para no caer en sus trampas, así que creó una nueva personalidad para que tú creyeras que todo era mentira, te sintieras apenado por él, se hicieran amigos y cuando estuvieses vulnerable lograra seducirte.
—El chico ha logrado sobrevivir 5 años aquí aún en medio de todos sus escándalos. Puede o no ser torpe como dices, más tonto no es. Tiene gran habilidad en lo que hace.
—S-Sé que es fácil creer eso, es lo único que han escuchado durante todo este tiempo de él y no se puede desechar de un día a otro una idea tan arraigada, sin embargo, ninguno de ustedes ha comprobado que todo lo oído fuera verdad. Para empezar no le han hablado ninguna vez, yo sí. Vivo con él, lo veo a diario y no fui ingenuamente buscando su amistad a pesar de todo lo que oí. Lo analicé, busqué en sus movimientos, sus acciones, en sus palabras y en las palabras detrás de sus palabras, y no encontré nada que indicara que estuviera tratando de manipularme. Conviví 2 años con un psicópata, y Sungmin no lo es.

 Los chicos permanecieron unos segundos con la mirada fija en mí, luego se miraron y suspiraron.

—Tienes razón en lo que dices— Reconoció Jonghyun—De todas formas, las expulsiones, los problemas que han girado en torno a él, son un hecho, de verdad ocurrieron, esos chicos hoy no están aquí con nosotros estudiando. Puedes pensar lo que quieras de él, pero ve con cuidado.

 Mi rostro volvió a descomponerse de extrañeza en tanto esas 3 miradas ineludibles me penetraban. Me sentí mucho más confundido que antes.


 Los días siguieron su curso y, como era de esperarse, esa tímida amistad que inicié con Sungmin se extinguió de tal manera que pareció nunca haber existido. Él no me hablaba ni me miraba, y cuando quería ir de su cama al baño o a la puerta de salida, se aseguraba que no estuviera cerca para no tener que rozarme al pasar. No parecía enfadado, tampoco resentido o indignado, era como si estuviera inmerso en un estado permanente de vergüenza, como si me hubiera fastidiado en algo realmente importante y la culpa le instigara a no hacer ninguna otra cosa que pudiera molestarme, incluso si eso significaba no respirar. E independiente de lo que provocó en mí, nadie con 2 dedos de frente pensaría en lo ocurrido como algo dañino y él no tenía porqué sentirse culpable de nada, pero motivado por mi egoísmo, no hice nada al respecto para que él lo supiera. Estaba sufriendo mi propio infierno. Las clases y los exámenes estaban cada vez más duros, por un momento pensé que con ese martirio menor podría distraerme, sin embargo, sólo me hacían pensar más en aquel momento, o más bien, en su cuerpo. Mis frustraciones estaban al límite, mi deseo sexual lo estaba. Antes podía manejarles, liberándolos en ínfimas cantidades haciendo atletismo o masturbándome en secreto, pero todo cambió, ahora el calabozo donde les encerraba tenía un amplio agujero hecho por la imagen de aquel cuerpo y rostro cargados de belleza y sensualidad. Ya no necesitaban de mi insatisfactorio sosiego, ahora podían huir en grandes cantidades por el agujero y sembrar la anarquía en todo mi interior. Nada funcionaba contra eso, ni siquiera vomitar o llorar, en realidad no tenía ganas ni podía hacerlo. Lo único que quería era…cogérmelo, y no así nada más, no deseaba únicamente enterrarme en él, quería poseerlo salvajemente y a la vez con mucha ternura, destrozarlo y amarlo, mezclar lo primitivo de fornicar con el arte de hacer el amor. Eso era mucho peor. Pronto mi mente no paró de crear involuntariamente escenarios nítidos e intensos en los cuales mis deseos eran hechos realidad.

 Y al cabo de un mes, tratar de reprimirme sin las herramientas adecuadas me llevó a, inevitablemente, perder el control y la percepción de la realidad. No es exageración, no es joda. Si los budistas meditando pueden alcanzar la iluminación, yo con mi desesperación alcancé lo opuesto. Mis oídos zumbaban con susurros y suspiros que no existían, por el rabillo del ojo veía siluetas que al girar desaparecían sin dejar rastro y sentía toques en las extremidades dados por nadie. Estos encantadores añadidos a mi infierno los atribuía principalmente a mis precarias noches de sueño. Las visiones eróticas habían decidido hacer doble turno, en mi diario vivir y mientras dormía, y mi terquedad era tal que al empezar a soñar, mi cuerpo se despertaba y yo me resistía a dormirme otra vez hasta que lograba sacar las imágenes de mi cabeza o bien el bulto en mi pijama bajaba. Eso también me valió estados de terrible paranoia. Les impedía terminantemente a mis amigos que me tocaran, temía que en cualquier momento pudieran desencadenar una gran locura con sólo un roce. También me ocurría con Sungmin. Escondido en mi cama o en lugares estratégicos en la habitación lo fulminaba y pasaba repetidamente de pensamientos dementes a episodios de lucidez. Chiflado, aceptaba la teoría de mis amigos, que ese miserable con el cual vivía consiguió hacerme caer en su trampa y pronto se haría de mí como pasó con los demás, y cuando hiciese algo que no le gustara o simplemente se hartase de jugar conmigo, me desecharía de su vida y del internado, de mi brillante futuro. Cuerdo, le pedía disculpas para mis adentros. Ya era bastante tiempo el transcurrido, si quisiese hacer algo ya lo habría hecho, yo estaba vulnerable, hubiera ganado fácil, pero nada ocurría, y sabía que así seguiría, mi mente lo sabía, mi alma también. Él era un buen chico, uno desafortunado, pero bueno al fin y al cabo, y si eso no era suficiente para convencerme, miraba su rostro. Sungmin tampoco disfrutaba del ambiente en nuestra habitación y parecía resentirlo al igual que yo, pues lucía demacrado y las ojeras aparecidas tras el suceso no desaparecieron. Estaba seguro de que todos esos idiotas que lo aborrecían y a la vez lo deseaban no debían estar muy contentos con no poder devorarlo con la mirada. Además, le habían salido algunos granos, menos apetecible. En medio de mi pesadilla, aguarles la fiesta a esos cretinos me alegraba un poco, después trataba de imaginar que estaría pensando Sungmin para estar así, y finalmente volvía a caer en la demencia.

 Era horroroso. Sentía como si las llamas del infierno estuvieran llamándome, mi cuerpo agarrotado y mis ojos pesados abalaban ese pensamiento. Ahora que lo recuerdo me aterra. Me di cuenta de que todo ese malestar surgió por querer negar con cuerpo y alma lo que sentía por Sungmin, negar la existencia de su cuerpo y de su encantadora existencia marcados permanentemente en mi corazón, pensando que algún día si seguía así de obstinado resistiéndome lo iba a olvidar, cuando la realidad era que estallaría muy pronto porque el sentimiento era ineludible.

 Y así ocurrió.

 00:15 de la noche y un ambiente cargado de calor y frustración. El día anterior en el cual había rendido un examen apenas se había ido, y al siguiente tenía otro. En ambos me iría bien, no estaba preocupado, lo que realmente me quitaba el sueño era, para variar, las sucias alucinaciones y el abrumador deseo que producían. Esa noche se sentían más fuertes, al punto de que no podía limitarme a retorcerme en la cama, así que iba de aquí para allá en el pequeño pasillo entre la cama de Sungmin y la mía. El calor era el culpable de que mi libido enloqueciera más de lo habitual. Mi compañero le combatía durmiendo en calzoncillos y camiseta, mientras se tapaba únicamente la mitad del cuerpo, nivelando así la temperatura. Muy listo, pero a la vez involuntariamente malvado. Bastaba con ver su pierna bien formada, su estómago liso y su apetecible cuello expuestos para que el descontrol se apoderara una vez más de mí. Eran muy pocos estímulos en circunstancias normales, no obstante, mi imaginación en ese instante era comparable con la del maldito Bob esponja y el material que Sungmin me daba era más que suficiente.

 No podía dejar de moverme de un lado a otro.

 “Señor, por favor…” Rogaba muy bajito una y otra vez. Quería dormir tranquilamente, nada más ¿Eso era tan difícil de complacer?

 Mostraba mi disconformidad agarrándome el cabello, a veces lo intercalaba poniendo los brazos en jarras o laxos con los puños muy apretados. Aumenté la velocidad de mis pasos porque no funcionaba.

 Hasta que sucedió.

 Fue tan estúpido, tan en serio ridículo, que fue claro para mí que a veces Dios se aburre de ser Dios y lo remedia hallando diversión en claras burlas hacia nosotros.

 Mi rápido caminar y mi no atención en donde pisaba concluyó en que tras un giro y un tropiezo con los zapatos de Sungmin, yo cayera estrepitosamente sobre él. No encontré oportunidad en ese par de segundos de preparar mi caída y, en consecuencia, me desplomé como un costal de papas encima de su menudo cuerpo. Por supuesto lo desperté, de hecho, soltó un pequeño gemido de dolor y todo el aire que tenía en los pulmones. Su mirada estupefacta me fulminó de inmediato y yo lo fulminé con la más aterrada que tenía. Traté de pararme de inmediato, no obstante, no lo logré, apenas tenía voluntad para sostener mi cabeza, y sentía como si en cualquier momento fuera a ponerme en modo automático, como aquella vez. De la forma que fuese, él no se veía apremiado por la idea de quitarme de encima. Estaba petrificado por la sorpresa, claro, más despierto que nunca -mucho ahora que lo pienso-, daba la impresión de que esperaba a que yo hiciese algo, así que traté de concentrarme lo más que pude y balbuceé lo primero que mi atrofiado cerebro pudo concebir.

—L-Lo siento…yo…yo no podía dormir y… caminando…me caí…sin querer…yo…

 Conciso y claro, fue mejor de lo que espera. Si esa hubiese sido una situación de vida o muerte, estando mi cuerpo al límite y siendo aquella la respuesta que me salvara, seguro me habría desmayado al segundo dejando ir todas mis preocupaciones. Sin embargo, estando encima de Sungmin no podía desmayarme, aún quedaba que él dijera lo suyo y de por sí eso no arreglaba más que la situación actual. Yo seguía deseándolo tanto que mi cuerpo y mi mente dolían, y teniéndolo tan cerca, tocándolo, era literalmente cosa de segundos para que yo estallara.

—No te preocupes— Respondió con voz aguda, expectante.

 “No te preocupes” Lo mismo que yo le dije cuando comenzó todo esto. Supe entonces que decírselo fue una idiotez y una enorme falta de consideración de mi parte ¡Claro que había de que preocuparse! Esclarecimos el asunto y de todas formas ni yo ni él nos movíamos más que para respirar o parpadear, y sobre todo, nuestra amistad se había arruinado y yo estaba sufriendo un infierno, uno que también él estaba resintiendo ¡Y me decía que no me preocupara! ¡Y yo le decía que no se preocupara!

 Si hubiera podido hacer algún movimiento, habría carcajeado sin duda. En vez de eso, miré detalladamente su rostro. No importaban las ojeras, la delgadez en sus mejillas o los 2 granos en su frente, seguía conservando su belleza. Viéndolo de lejos no se notaba, pero de cerca comprobabas que aún estaban ahí. Todavía era la persona más hermosa que había visto en mi vida. Sus labios y sus ojos luminosos eran los detalles que le hacían merecedor de ese título, y lo que había detrás de ellos. Era simpático, gentil e inteligente, y un plus era que en ese internado lo más seguro es que sólo yo lo sabía. Significaba que esas cualidades estaban reservadas para mí, yo nada más podía disfrutarlas. El verdadero Sungmin era mío y yo quería que fuera mío. No había forma de que pudiera resistirme a eso.

 No te preocupes.

 En esos pocos segundos que se sintieron como una eternidad, mis dedos se movieron casi imperceptiblemente sobre la piel ajena en la que estaban, mi cuerpo subió gradualmente su temperatura y mi cerebro en su demencia comenzó a deformar palabras y significados.

“No te preocupes, está bien. Desearme no está mal, porque estoy hecho para ti.”

 ¿Sungmin me decía eso? Claro que no, pero era lo que mi cabeza me estaba haciendo creer que decía. Era como hipnotizarse a uno mismo. Me hice creer lo que quería creer: Mi ex compañero no tenía razón, no cedía al enfermo sistema de supervivencia del internado, cedía a Sungmin porque él estaba hecho para mí, mi frustración era debido a no tenerlo a él y no por estar ahí.

 Si algo de eso era verdad o falso, o si para empezar tenía lógica no quise saberlo. Dejé salir un suspiro y finalmente abrí el calabozo para que absolutamente todo saliera.

—Ya no lo soporto más…Por favor, hagamos el acuerdo—Susurré con voz temblorosa.

 Percibí claramente como sus pupilas se contrajeron y su rostro se tornó más estupefacto de lo que ya estaba. Pasaron varios segundos y él no contestó o tuvo reacción aparente. Recién noté que reacción sí había cuando tuve la necesidad de acomodar mis piernas. Mis muslos habían dado con su entrepierna, la cual estaba tan encendida como la mía. Después de comprobarlo con mis propios ojos, subí la mirada, atónito. Ser descubierto seguro causó un gran shock en él. Sus mejillas estaban rojísimas, boqueaba y pestañeaba frenéticamente. No era que quisiera decir algo, simplemente no sabía qué hacer con su rostro. Yo decidí cerrar mis ojos por un momento y pasé saliva antes de volver a abrirlos.

 No había nada que decir, yo sabía qué hacer.

 Ante sus ojos asustados, corrí la sábana que lo tapaba, me acomodé entre sus piernas, entrelacé una de sus manos con las mías y enterré la cabeza en el hueco de su cuello. Él frenó su respiración en un gemido aterrado, yo también lo hice. Después, puse mi mano libre sobre su tembloroso estómago y levante lentamente su camiseta.

 Esa noche comprobé de primera fuente que los rumores sobre Sungmin no eran verdad al tomar su virginidad y darle la mía de la peor forma posible.



Continuará...

El acuerdo [01/10]


Nombre de la historia: El acuerdo.
Pareja: KyuMin.
Género: Recuentos de la vida, Drama, Angst, Comfort, Romántico, más Drama (?)
Advertencias: Lime, mala redacción, horrores ortográficos, mediocridad y otras cosas varias.
Descripción: Después de 10 largos y melancólicos años, en medio de una prestigiosa convención de empresarios hoteleros, Cho Kyuhyun vuelve a encontrarse con Lee Sungmin, quien fuera en el pasado su compañero de habitación en el prestigioso internado "Dr. Kim Youngmin"  y también su primer amor. Impactado, los ojos de Kyuhyun se cierran llenos de lágrimas al evocar nuevamente aquellos recuerdos de la tormentosa e intensa relación que vivió con Sungmin y que, en la actualidad, siguen frescos en su mente, así como sus sentimientos, desde el día de la graduación cuando sus destinos ya decididos los separaron ¿Qué sucedió en ese internado y qué sucederá en este reencuentro? ¿Qué ha pasado en la vida de Sungmin y Kyuhyun durante estos 10 años sin verse? ¿Se podrán aclarar las dudas que nunca se respondieron en el pasado?

Dedicado a Karem, la más degenerada de todas <3 

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La historia - Parte 1


 En mi vida, he encontrado muchas y variadas cosas que me molestan: La terquedad de algunos miembros de mi mesa directiva, los cabrones de "Nintendo" que a pesar de los años siguen siendo una fiera competencia en el mercado de los videojuegos, la intromisión de mis padres en mi vida amorosa, los resultados del fútbol nacional, entre otras cosas, pero sin duda, lo que me ha fastidiado más larga y profundamente es no saber que me depara el futuro. Bueno, soy Cho Kyuhyun, uno de los CEOs multimillonarios más jóvenes según la revista "Forbes", mi cuerpo de 29 primaveras tiene fuerzas y ambiciones, cualquiera con 2 dedos de frente creería que el motivo impulsor de mi anhelo es saber las acciones correctas para llevar mi compañía a la cima, o que tal vez, después de obtener tantas responsabilidades me volví un adicto al control. Más nada tiene que ver con eso. Mis desesperados deseos empezaron hace 10 años, cuando fundar una compañía de videojuegos era tan solo una idea demente plasmada en un cuaderno y recién había egresado del internado de niños ricos al que mis padres me habían matriculado. Fue ese pasado, melancólico y doloroso, el que me convirtió en esto, la desesperación lo causó. Desde ese instante, mi yo exterior se comprometió a un sinfín de labores para no reparar en el dolor y en los pensamientos que para un futuro e intachable empresario eran inútiles, pero el yo real, aquel escondido en el fondo de mi corazón y mi alma, esperaba ansiosamente, hasta hoy, sin descanso, analizando perfiles y paisajes, poder algún día predecir el futuro.

 Predecir si en mi futuro él volvería a aparecer.

 Lástima que nunca pude prever nada, ninguna sola cosa, y de tan concentrado que estaba en mi trabajo y en ese deseo enfermizo, ni siquiera una sola vez me preparé mentalmente para el día en que mis ojos volvieran a encontrarse con los suyos.

 Cuando mi amigo Minho me persuadió de ir a una cumbre de empresarios hoteleros asiáticos para conocer mejor el rubro, imaginaba un desabrido ambiente lleno de viejos aburridos y antipáticos hablando sobre la forma correcta de atender a su arrogante clientela, sin embargo, el que estaba ahí animando la concurrencia con su encanto justo antes de verme era indudablemente Lee Sungmin, mi Lee Sungmin. En medio de la gran sala a unos metros frente a él, con los músculos rígidos, el celular que llevaba en las manos deslizándose y desarmándose sobre la alfombra no era nada comparado con la parálisis cerebral que estaba experimentando en ese momento.

—Sungmin...

 Después de 10 largos años ahí estaba, observándome con un gesto que mezclaba varios niveles de estupefacción, el chico que nunca se apartó de mi mente luego de haber pasado juntos nuestro último año en el internado, el chico tan malditamente hermoso del cual no fui capaz de despedirme el día de la graduación. El primer y último hombre que amé.

 Mudos, sin pensar en guardar apariencias ante la gente rodeándonos, nos observamos por una cantidad de tiempo que me es difícil precisar. No es para menos, la última vez que cruzamos palabra fue pocas horas antes de nuestra ceremonia de graduación mientras hacíamos el amor hasta el alba. Eso pondría incómodo a cualquiera, sobre todo si de un momento a otro los recuerdos de lo que habíamos vivido juntos se agolpaban en nuestras mentes como las lágrimas en nuestros ojos.

 Fue hace menos de 12 años que nos conocimos, sin embargo, para entender la situación salvaje y asfixiante en la que Sungmin, yo y todos los estudiantes de internado nos vimos envueltos, es necesario explicar antes algunas cosas sobre dicho lugar.

 El internado masculino "Dr. Kim Youngmin", fue fundado hace más de 100 años por la misma persona que le da su nombre, un reconocido psicólogo que hizo su fama por sus teorías acerca de la crianza de los hijos, las cuales proponían básicamente que con una disciplina extrema, inflexible y represiva, el niño lograría convertirse en un adulto decente y con un gran futuro (El que también los padres decidirían e impondrían). Hoy sus ideas, ya algo más modernizadas y "permisivas", sobreviven en el registro anual de suicidios estudiantiles causados por el sobre estrés, y claro, en su prestigioso internado. Pero siendo honesto, la postura sádica de Kim no habría pasado el año si no fuera por el amplio apoyo de la clase privilegiada. Aquellos empresarios cegados por el poder y el dinero, que no querían perder sus bienes ni siquiera enterrados 2 metros bajo tierra y encontraron la solución únicamente en hacer que sus hijos siguieran sus pasos, quisieran o no. Para ellos, que ya desde hace siglos han tenido a la iglesia de su lado, les parecía espléndido que ahora la "parte científica" también apoyara sus ambiciones, e incluso mejor, les ofreciera una guía para seguir obligando a sus hijos a hacer lo que les plazca. De esta forma, cuando tiempo después el internado fue fundado, la elite coreana enloqueció y en cosa de horas la lista de matriculados dejaba ver un futuro centro educacional para niños ricos, y que la gente de menor rango social, quienes también habían quedado prendados por las ideas de Kim, no podrían ver más allá de las imágenes publicadas en el periódico.

 Ahora bien, pensando en lo famoso que fue el internado apenas al abrir, era obvio que paulatinamente su popularidad crecería. Con cada nuevo niño rico que se matriculaba, aparecía un nuevo inversionista, que junto a los demás posibilitaban que el lugar tuviera mucho más para ofrecer y eso a su vez aumentara el prestigio. Al poco tiempo de que los primeros matriculados -totalmente traumados- egresaran tan disciplinados y aplicados como prometía Kim, las universidades nacionales empezaron a acechar a cada muchacho que se graduaba de ahí, y cuando otro tiempo después, esos mismos egresados ya estaban convertidos en políticos o prolíficos empresarios, las universidades extranjeras no tardaron en sumarse a la búsqueda de prospectos para sus facultades. De esta forma, para mantener el prestigio que crecía cada vez más, poco a poco el internado empezó a ser mucho más estricto con sus matriculados. Los muchachos ya no podían ser solamente ricos, también tenían que contar con aptitudes para el estudio o por último en el área del deporte o el arte (Aunque en esta área las exigencias eran ridículas). Es por ello que de un momento a otro el internado dejó de ofrecer cursos de primaria y se limitó a impartir secundaria y bachillerato. Para tener una mejor visión del estudiante investigaban a fondo de cual escuela venía y cuál había sido su desempeño.

 En el tiempo que estuve ahí, siempre pensé que esa medida fue más positiva para los pequeños que para el internado. No quiero imaginar qué cosas le hubiese ocurrido a niños de 7 años estando junto a los demás alumnos asiduos al lugar, además de perder su infancia con tal disciplina.

 Porque sí, a pesar de nunca recibir ninguna clase de ataque físico, de todas formas no le desearía un semestre ahí ni a mi más grande enemigo.

 Lo primero que puedo decir del internado en sí -y es lo que más sorprende- es que cumple con todas sus promesas. Los cimientos de la escuela están en medio de las zonas forestales de Seoraksan, cerca de las montañas del mismo nombre, y lejos de ser de apariencia rural, el recinto posee una infraestructura magnífica y totalmente adelantada a su época (Pensando en el momento en que se construyó). Se sitúa lo suficientemente lejos de la bulliciosa sociedad para que no perturbe la concentración de los alumnos y está lo suficientemente equipada para no tener que extrañarla, contando con autobuses, un helicóptero, un centro médico con todo tipo de especialistas, piscina olímpica, canchas para distintos deportes, una biblioteca con un catálogo impresionante, departamento postal, y las respectivas aulas, dormitorios y oficinas administrativas, todas de lujo. Por otro lado, la educación también es excelente. Según los rumores los profesores eran escogidos con mucho más cuidado que nosotros, y era visible, cada maestro era brillante y un experto en su tema, además de contar con un largo currículum que abalaba todas sus cualidades. Y los profesores no eran los únicos empleados bien preparados. Entre los 300 trabajadores que había en el lugar, buena parte eran guardias de seguridad que protegían tanto la entrada como todo el recinto, esto disminuía drásticamente las oportunidades de acoso escolar y que cualquier problema pudiera pasar a mayores. También había supervisores de dormitorios, empleados de limpieza, de mantención, chefs, etc. Todos muy eficientes y amables con el alumnado.

 Viéndolo así, la estancia en el internado parecía maravillosa, llena de ostentaciones y digna de los futuros dueños del mundo, no obstante, en medio de las promesas estaba la principal, esa "capacidad sobresaliente" con la que egresaría cada alumno, y cumplirla llevaba a 3 grandes problemas que hacían de la existencia ahí una tortura:

1- La sobre exigencia: Que enseñaran ahí los mejores profesores del país o que nos dieran alimentos diseñados para estimular la actividad cerebral no era significado de que cualquier cantidad de información podía deslizarse como vaselina dentro de nuestras cabezas, menos la que allí entregaban. Como decía, el internado estaba plenamente interesado en hacer distancia de los demás recintos educacionales, y una de sus técnicas era adelantarnos, mínimo, 3 contenidos. O sea que a nuestro ritmo llegábamos a adelantarnos tanto que en segundo de secundaria podíamos estar estudiando temas que los estudiantes normales recién veían en segundo de instituto, o que derechamente, ni siquiera aprendían. En el internado habían 3 grupos que iban en el mismo grado, y cada alumno era designado al grupo que se enfocara mejor en lo que sus padres habían decidido para su futuro, y así, los profesores les enseñaban la pauta educacional regular a profundidad y velocidad aumentada, más conocimientos útiles para su futura profesión. No era sólo estresante, sino lo más estresante del mundo, y casi imposible para algunos. Sin importar que cada alumno sobresalía en algo, eso no era sinónimo de que también éramos buenos en el resto de las disciplinas, de hecho, en varios casos era todo lo contrario. Parecía que el internado en sí, con todos sus brillantes profesores, ignoraban totalmente la evidencia de que a pesar de tener todos coeficiente normal o sobre el promedio, la velocidad de absorción y decodificación de aprendizajes es distinta en cada individuo. Bueno, ahí Kim era Dios y sus herederos los jefes, ningún empleado podía decir algo al respecto, y los alumnos que se tomaban su tiempo para aprender, debían sufrir las consecuencias, llegando a dormir 3 o 4 horas al día para mantenerse al corriente.

2.- La presión paternal: Esta de por sí ya estaba implícita al ser un niño rico inscrito en un internado caro y de tanto prestigio, sin embargo, la guía que hizo tan famoso a Kim Youngmin ponía más peso sobre esa -de por sí- agobiante carga. La mayoría de los apoderados eran seguidores acérrimos de sus ideas y las seguían al pie de la letra. Se volvían emocionalmente distantes con sus hijos durante toda su etapa escolar, terminantes en sus palabras y acciones, y no mostraban piedad si el resultado era microscópicamente menor al esperado. Ignorando, restringiendo, humillando dentro del círculo familiar y hasta golpeando castigaban todo tipo de fracasos, mientras los éxitos eran "premiados" con retos aún mayores y un recuerdo constante de los éxitos propios o de los hermanos del alumno, minimizando de forma espantosa los logros de este para que, según Kim, aprendieran a ser humildes y ambiciosos en la vida. Esto se reforzaba con la insistencia. En cada conversación tenida con el hijo se debía mencionar los objetivos planeados para él y sus resultados, presionar tanto que el alumno sólo pudiera pensar y vivir por eso.

3.- El estilo de vida en el internado: Aquí iba la parte no bonita que decoraba el recinto, porque si había reglas para educarse, también había reglas para vivir que prometían la inculcación de valores. Lo cierto es que a pesar de las instalaciones de lujo vivíamos en una austeridad muy personal, es decir, teníamos todo lo necesario para vivir, cada cosa de la mejor calidad, pero nada más. Los juguetes, celulares, consolas de videojuegos y cualquier cosa que significase una distracción estaban prohibidas dentro del internado. Sólo podíamos reencontrarnos con esos placeres en vacaciones y épocas festivas. Las computadoras estaban autorizadas, sin embargo, con el fin de potenciar su uso educativo, un sinfín de sitios web estaban totalmente bloqueados. No era una opción para escapar imaginariamente de ese lugar. Tampoco vivíamos en habitaciones espaciosas como las que teníamos en nuestras casas y nadie nos atendía. Debíamos llevar nuestra ropa a una lavandería, ir a buscar nuestras comidas a la cafetería y compartíamos con un compañero un dormitorio lo suficientemente grande para que cayeran 2 camas, 2 armarios, 2 escritorios y 1 baño, volviéndose este un recordatorio más de la humildad, mientras que nuestro compañero podía ser de cualquier grado y grupo, esto para reforzar la empatía y la camaradería. Por otro lado, estaban los empleados del lugar. Desde el rango más alto al más bajo tenían la misma característica en común: Nos trataban con amabilidad, sin embargo, en ninguna circunstancia confiaban en nosotros. Si necesitábamos algo siempre debíamos pedirlo mostrando una identificación, las aulas tenían cámaras de vigilancia, los pasillos y exteriores eran constantemente rondados por guardias, habían toques de queda desde las 20 PM hasta las 6AM y revisiones mensuales en los dormitorios. Si nos enfermábamos, no bastaba con decirlo, debíamos ir al centro médico y recibir una confirmación para ausentarnos de clases, lo que añadía una serie de visitas de una enfermera a nuestro dormitorio para asegurar nuestra recuperación y que no descansáramos más de la cuenta. Estar enfermo de forma invalidante, un desastre natural o la muerte de un familiar cercano eran las únicas razones para no ir a clases. Siempre estuve seguro de que sólo una cárcel podía producir un sentimiento parecido al de estar ahí, porque además todos los empleados tenían autoridad absoluta sobre nosotros. Ninguno estaba a nuestro servicio, si hacían cosas por nosotros era porque era su trabajo designado, o sea, si desobedecíamos a cualquiera de ellos, podían marcarnos una falta perfectamente válida que no merecía investigación o apelación. Cada falta equivalía a una semana en detención después de clases, 5 faltas conseguían un encuentro no muy alegre de nuestros padres con el inspector y 10 faltas ameritaban no volver a pisar el internado nunca más en la vida, incluyendo una anotación de conducta reprochable en nuestro expediente que nos negaría el derecho de ingreso a cualquier recinto educacional distinguido en el mundo, sin importar que el alumno sea el mayor genio existente sobre la faz de la tierra.

 Como se puede ver, lo maravilloso del internado Kim Youngmin existe únicamente en las cabezas de quienes nunca pasarían por ahí. Con esas 3 estresantes consecuencias, o a veces 2 nada más, los estudiantes se veían obligados a recurrir a otras 3 opciones, las que Kim en su ineptitud nunca pudo prever y hasta hoy sus herederos luchan por encubrir a cómo de lugar. La primera opción era subir a la azotea del edificio principal, escalar la verja y tirarse a los brazos del bosque profundo, donde la peste de tu cadáver sería lo único que ayudaría a encontrarte. La segunda era recurrir a las drogas por medio del contrabando fraguado por empleados corruptos y alumnos cuyos padres había hecho su fortuna de la misma forma dudosa.

 La tercera era el acuerdo.

 Es un hecho científico que la madurez emocional del hombre llega con mucha más lentitud que la física, y en un lugar lleno de adolescentes hombres, el agobio de un cuerpo en evolución lleno de naciente deseo sexual, la falta de conocimiento sobre cómo lidiar con ello y el estrés sacando lo más primitivo de nosotros no eran una buena combinación. En tan sólo los primeros meses en que el internado abrió sus puertas por primera vez, los muchachos descubrieron que el estrés también se podía espantar teniendo sexo entre ellos, y se encargaron perfectamente de trasmitir esa enseñanza a las siguientes generaciones. Pero ser inmaduro no significaba que no fuesen listos. Todos tenían más que presente que si eran descubiertos en algo así resultaría nefasto tanto para su familia como para ellos, sobre todo para ellos, ser desheredados era el miedo más común y poderoso en los alumnos. Entonces crearon el acuerdo, el cual consistía en hacer un trato verbal con el compañero de cuarto o bien otro -Era más difícil por los toques de queda-, y tener una relación puramente sexual con él durante el año escolar. Aquello te aseguraba discreción, no sufrir contagio de enfermedades venéreas y una eficiente vía de escape del estrés, o al menos la mayoría de las veces. Para asegurar el secreto, el tema se trataba únicamente cuando empezaba el acuerdo y cuando se terminaba, y de por sí, no todos los chicos eran de fiar. No podías saber si tu compañero sexual tenía el mismo acuerdo con otras personas o si en verdad sería discreto entre sus amigos y no terminarías en boca de todos.

 Muy lindo ¿No?

 Cuando descubrí todos esos secretos y me vi a mí mismo nauseabundo por todo el estrés y la desesperación, sentí un miedo espantoso por ese lugar, por mis compañeros, por caer en sus tentaciones, por perderme a mí mismo en ese juego o terminar clavado en las ramas del frondoso bosque por resistirme.

 Pero luego recordé que yo no era igual a ellos, que tenía la obligación de salir victorioso porque el deber sobre mi espalda iba más allá del dinero.

 Era hijo de Cho Younghwan.

 Mi padre, nacido y criado en el seno de una familia de clase trabajadora, había dado vuelta con su genialidad todo lo que para el mundo significaba ser hijo de un Cho. De ser uno más del montón, nuestro apellido pasó a ser significante de las mejores escuelas de idioma en toda Asia y mi padre una eminencia de la educación y un ejemplo para toda nuestra familia, sobre todo para mí. Él siempre me ha repetido que su esfuerzo no habría hecho jamás que su cuenta bancaria tuviera 10 ceros si no lo hubiese fortalecido con su instinto e ingenio, por lo que me enseñó a usar ambas armas, a darme cuenta de las cosas que no se ven a simple vista y tomar en cuenta todos los factores a la hora de tomar riesgos. Eso no sólo estimuló mis talentos, también contribuyó en las expectativas que él, mi familia y todo el que nos conociera tuvieran sobre mí. Cuando me di cuenta, ser un Cho significaba algo grande que yo no tenía autorización de contrariar con fracasos o mediocridades, y eso fue lo que selló mi pase de entrada al internado.

 Para empezar ni mi padre ni yo nunca habíamos caído en la adornada y absurda palabrería de Kim, pero las opiniones de sus nuevos socios y la perspectiva de darme una educación considerablemente superior a la que él había tenido en su niñez, lo llevaron a matricularme sin dejarse convencer ni por los más elaborados argumentos míos, y yo, que lo respetaba más que a cualquier persona en el mundo, no fui capaz de ir contra él una vez dictaminó mi destino. Entré a los 15 años a cursar mi etapa de instituto y al conocer la verdadera naturaleza del lugar me sentí agradecido de no haber cursado también la secundaria ahí. Con un pensamiento independiente incompleto y menos voluntad, seguro habría caído en cada una de las consecuencias del estrés, y no haberlo hecho era ganancia sólida, por lo que luego de mis respectivas reflexiones sobre mi condición, sólo me quedaba sobrevivir los 3 años restantes.

 Durante 2 años luché fieramente contra las tentaciones haciendo uso de toda estrategia y consiguiendo amigos en mi clase que compartían la misma situación. Si no era necesario académicamente, no hacía contacto con nadie que no fueran ellos, ni verbal, físico o visual. Existían muchachos de apariencia andrógina que potenciaban esa cualidad con el fin de seducir, y yo no deseaba verme una noche masturbándome con sus rostros en la mente. También, con mi habilidad creciente en informática, hackeé el sistema de bloqueo de páginas en mi computadora, gracias a lo cual pude jugar en línea durante las madrugadas y conseguir pornografía -la cual compartí con mis amigos-. Lidié con la infernal ansiedad haciendo atletismo, y cuando eso o lo demás no era suficiente, lloraba o vomitaba hasta aliviarme.

 Todos esos recursos funcionaron muy bien para enfrentarme al internado, no obstante, siempre tuve muchos problemas con un obstáculo: Mi compañero de cuarto. Un tipo un año mayor que yo, asiduo al lugar, libidinoso y psicópata hasta el último gen. En el internado existían 2 tipos de alumnos que hacían el acuerdo. Por un lado, estaban aquellos que no eran gays pero cuyos deseos insoportables les hacían "Adaptarse" mientras estaban en el internado, y por otro lado, estaban los que si eran gays y encontraban en el internado la oportunidad perfecta para complacer sus verdaderas inclinaciones. Mi compañero pertenecía al segundo grupo, y con su naturaleza manipuladora era capaz de hacer de las suyas como le venía en gana. Fingía de manera magistral un encanto y amabilidad seductora que atraía a cualquiera que él deseara, menos a mí. Sería por eso o quizás por otra cosa que no tardó en mostrarme su verdadera personalidad. No obstante, nunca me hizo daño y yo nunca lo delaté. Teníamos una especie de trato implícito: Yo no decía a nadie las cosas que hacía y él no me delataba por mis incursiones prohibidas en internet. De este modo, lo vi 2 años hacer planes para encontrarse con sus amiguetes y escaparse a dormitorios ajenos durante los toques de queda como si fuese pleno día. Era brillante, no lo descubrieron ninguna sola vez, y en parte lo admiraba por eso, pero por otra parte, lo detestaba. Como dije, no me obligó jamás a nada, sin embargo, no pareció contentarse nunca con mi rechazo, y de vez en cuando, si no se estaba jactando conmigo de sus hazañas, intentaba seducirme. No recuerdo su nombre, pero su rostro seductor, sus ojos venenosos, su cuerpo desnudo pavoneándose ante mí después de cada ducha y sus palabras tratando de manipularme permanecen vivas en mi memoria. Estuve muchas veces a punto de ceder, y eso me hacía odiarlo más. No dudaba en mostrárselo con la mirada cuando se rendía y en venganza, me escupía otra de sus espantosas frases. Recuerdo una con particular viveza.

 "Algún día caerás ante esto que tanto dices odiar"

 La repetía con más frecuencia que las demás, y la última vez que lo hizo fue cuando se graduó y salió por última vez de nuestro dormitorio. Si cierro los ojos puedo ver nítidamente su sonrisa enferma perdiéndose tras la puerta y sentir mi rostro deformado por la estupefacción. Siempre creí que con "esto" se refería a sus insinuaciones, no obstante, ¿Por qué decirlo de nuevo si no nos veríamos nunca más? Entonces entendí que se trataba de ceder a eso contra lo que tanto luché, que en realidad nunca fueron las drogas o el suicidio, sino perderme a mí mismo en los brazos de otro muchacho, de hacer el acuerdo con alguien. Traté de no aterrarme, de creer que él trataba de fastidiarme por última vez. Demasiado positivismo. Al comienzo de mi último año ahí, el temor más grande experimentado parecía a punto de hacerse realidad.

 Una semana y media después de ingresar, yo extrañamente seguía sin un compañero nuevo, hasta que un monitor me llevó un aviso indicando que mi soledad acabaría muy pronto. Un chico que había perdido a su compañero por una expulsión llegaría a acompañarme. Y efectivamente, a la mañana siguiente, una nueva placa en mi puerta reemplazaba la de mi antiguo compañero.

"Lee Sungmin" ponía.

 ¿Quién diablos era? Pregunta estúpida sin duda. Mis métodos de evasión me hacían no saber ni la mitad de los nombres de mis compañeros de clase, menos idea tenía sobre los demás. Probé en el almuerzo preguntándole a mis amigos, cuyas formas de distraerse de las tentaciones incluían los chismes, y de Lee Sungmin habían muchos y no buenos precisamente.

—¿No sabes quién es? —Changmin, el más cercano a mí del grupo, me preguntó incrédulo aquella vez— Es del 3°C y uno de los sujetos con peor reputación en el internado, todos hemos escuchado hablar de él al menos alguna vez.

—No puedo creer que te haya tocado compartir habitación con él. Estás jodido...—Se lamentó Jonghyun.

—¿Qué tanto es lo que ha hecho ese Sungmin? —Inquirí, ya enormemente asustado.

—Es un libidinoso peor que el tipo con el que compartías antes — Explicó Minho— Y como es bellísimo a rabiar, tiene también más "kilometraje" *

—¿Es cierto eso de su atractivo? He tenido pocas oportunidades de verlo, y siempre de lejos— Interrumpió Changmin con curiosidad.

—Cuando fui a inscribirme al equipo de tenis en primer año, él estaba en el gimnasio donde hacen artes marciales y Kibum me lo señaló. Es cierto que solamente Kim Heechul del 3°A podría hacerle competencia. Sería la clase de sujeto con el que todos los degenerados de aquí querrían acostarse de no ser porque es un demente, razón por la cual no ha dejado de cambiar compañero de cuarto desde que llegó. Según dicen, tentó a cada uno para hacer el acuerdo, con su cara bonita más un par de guiños y palabras seductoras ninguno se resistió, y cuando los tenía en sus redes, mostraba su verdadera cara. De la noche a la mañana empezaba a pedir sexo enfermo, ya saben, con sadomasoquismo, hipoxifilia, fantasías de ser hermanos o padre e hijo, y si eso no era suficiente para espantarlos, lo hacía con sus abruptos cambios de humor y deseos de poseerles. Se ponía totalmente loco cuando les veía estar con otras personas, les gritaba e insultaba delante de todos, muerto de rabia.

—¿Y cómo es que no ha sido expulsado? —Pregunté sorprendido— Con todas esas cosas que ha hecho, y más encima sin ocultaras, hay suficientes motivos para que no vuelva a pisar este lugar.

—Eso es lo peor de todo, no hay manera de deshacerse de él hasta que se gradúe— Continuó Minho— Kibum me contó que el padre de Sungmin es uno de los inversionistas favoritos del internado. Cada año dona grandes cantidades de dinero y el director sabe que si su retorcido hijo es expulsado, esas donaciones se van con él. Sungmin también lo sabe y no ha dudado en aprovecharlo. Aparte de librarse de varias expulsiones, ha conseguido que la administración le haga favores encargándose por él de aquellos que no quisieron cumplir sus caprichos. Sé que de milagro un par de sus ex compañeros lograron terminar sus estudios aquí, sin embargo, el resto fue expulsado sin necesidad de 10 faltas.

 Al terminar de escucharlo, mi cuerpo perdió de un segundo a otro su fuerza, lo que me hizo agradecer estar sentado. Todo indicaba que estaba frito. Podía rechazarlo amablemente cada vez que el intentara seducirme, pero si era tan inestable como lo fichaban mis amigos, ¿Bastaría con eso? Podría igual guardarme rencor y tratar de deshacerse de mí.

 Lo que quedó de ese día de clases lo usé completamente en la búsqueda de una solución, y como ese tiempo no fue suficiente, trasladé mis cavilaciones a uno de los jardines traseros. Tuvo que pasar bastante tiempo antes de que viera la respuesta.

 No, no quería que volviera a ocurrir.

 Ya había sido intimidado 2 años por aquel jodido psicópata, no aguantaría que otro lo hiciera, no soy alguien que todos puedan pasar a llevar. Además, él no era el único que podía jugar sucio. Mi padre tenía buenas relaciones con el ministro de educación, y si Sungmin trataba de joderme, yo haría uso de ese recurso y me lo jodería a él y a todo el internado si era necesario.

 Qué ingenuo era.

 Decidido y tras haber formulado en mi mente la amenaza que le daría de bienvenida, me levanté, tomé una bocanada de aire, caminé a paso rápido hacia mi dormitorio y aprovechando la adrenalina, pasé brusco mi tarjeta por el lector y abrí la puerta de un brusco tirón.

 Ese día, cuando vi su rostro sorprendido voltear hacia mí, supe muy en el interior que las palabras de mi antiguo compañero me habían vencido.

Continuará...